sábado, diciembre 31, 2011

"Tarde o temprano nos vamos a quedar cortos de serpiente". Dorothy Gambrell no muestra que la máquina de reproducir pasados llamada nostalgia (lo que incluye la nostalgia de lo que NO sucedió) funciona a pleno en estos días. También que, aunque el pasado es tan infinito como el futuro (infinito, pero cerrado a la acción), vivir de comer pasado es una dieta  poco saludable.

El pasado como combustible tóxico

viernes, diciembre 30, 2011

Mary Berg, que vivía en el gueto de Varsovia, trazó el retrato de una chica en su clase de dibujo. Era el 27 de febrero de 1941; el gueto se estaba muriendo poco a poco de hambre. "Muchos de nuestros alumnos vienen a clase sin haber comido nada, y todos los días organizamos una recogida de pan para ellos", escribió en su diario. Pero la situación de los modelos era peor. Hacían cola para ganar dinero posando.

Ayer nuestra modelo fue una niña de once años y bellos ojos negros. Mientras trabajábamos, la niña estuvo temblando de fiebre y nos costó dibujarla.

Le dieron de comer. "La pequeña, sin dejar de temblar, se comió solo parte del pan que recogimos para ella y envolvió cuidadosamente el resto en un trozo de periódico. Esto es para mi hermanito, dijo. Luego permaneció sentada sin moverse mientras la dibujábamos".

(Extracto de Humo Humano / Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la civilización de Nicholson Baker)

Sobre la impotencia del dibujo

"Creo que la pintura y el dibujo expresan lo mismo. El dibujo es una pintura realizada con medios reducidos, que es capaz, tan bien como la pintura, de aliviar al artista de sus emociones. Evidentemente la pintura es algo más completo y su acción sobre el espíritu más intensa". Henri Matisse.

(Imagen, copia de dibujo de niño con sombrero de ala ancha de Rembrandt)

Sombrerencias

lunes, diciembre 19, 2011

Cierta vez, en un hotel o una fiesta, Max Beckmann se cruzó con un grupo de argentinos: no andaban literalmente disparando chorros de manteca hacia los cielos rasos, cual ballenas lácteas, ni tampoco tenían vacas atadas a los pies de sus camastros de bronce o roble de los bosques bávaros; pero –sí–, malparafraseando a un personaje de Jean Renoir, su alegría y extroversión eran tales que no resultaba injusto decir de ellos que, como buenos millonarios de las pampas: "Pueden cultivarlo todo, menos la discreción". Excepto uno. Se trataba de un joven ensimismado, silencioso, envuelto hacia adentro. Al pintor alemán le interesó. Tanto, que decidió convertir su estampa en una pintura, el hoy admirado "Retrato de un joven argentino" (arriba).

Apenas un poco antes de aquellos días otro joven, esta vez austro-húngaro, se había colado en la oficina de Sigmund Freud:

Wilder: Dr. Freud, vengo del periódico.
Freud: (Levantándose, muy molesto y extendiendo uno de sus brazos hacia Wilder): ¡¡Fueraaaa!!
(La versión que contaba Wilder mismo, y no sus amigos, era algo más calma. "¿Herr Wilder? / Si / Ahí está la puerta"). Samuel Wilder salió por ella y se fue tan lejos como Berlín. Lugar en el que pronto dejó el periodismo y se convirtió en guionista. Sabia decisión, también que, "como gusto secreto, comenzó a comprar a precios de ganga grabados y acuarelas de los expresionistas alemanes, la pintura maldita del momento, la de Otto Dix, de Schiele, de Beckmann, de Grosz, de Kirchner, y el mismo olfato que tenía para el arte lo usó también para detectar el peligro que se avecinaba. Huyó de los nazis en 1934 con parte de la colección que pudo trasportar", escribió–éste sábado– Manuel Vincent en El País.

No se quedó allí aquel hijo de comerciantes pasteleros, cuando arribó a EE.UU., se convirtió en Billy Wilder e hizo fama y fortuna, peléandose con Raymond Chandler (¡Te queremos Raymond!), Arthur Miller y levantándole las faldas a Marilyn Monroe, siguió con el bichito colector dentro: "(...) Wilder sobrevivió dos décadas a este escarnio (no lo dejaban filmar, por "viejo") y todo ese tiempo lo dedicó a divertirse comprando arte, obras de Picasso, de Matisse, de Balthus, de Rothko. No quiso adquirir a ningún precio la famosa litografía del rostro de Marilyn realizada por Andy Warhol, como uno de los iconos de Norteamérica. Con haberla poseído de cerca en el plató como actriz de carne y hueso ya era bastante. Una colección de arte es como un río, decía Wilder, hay que dejarla fluir para que se renueve, de lo contrario, si se remansa, forma un estanque, se pudre y comienza a generar algas. Compraba y vendía. Dio pruebas de una sagacidad fuera de lo común a la hora de moverse entre las galerías, tanto o más que en los estudios de la Paramount. Pero un día su fina nariz percibió que el globo estaba a punto de estallar. Pocos meses antes de que la crisis hundiera el mercado del arte, cuando la pintura estaba en la cresta de la especulación salvaje, en 1989, llevó toda su colección a la sala de subastas de Christie's. Consiguió 32 millones de dólares, más dinero del que había ganado en toda su carrera de cineasta. Pasada la crisis volvió a comprar parte de esos cuadros a mitad de precio, pero sólo porque le causaba placer".

A Billy también le satisfacía el placer las venganzas retrospectivas. Las ejecutaba por medio de avispazos verbales. De Freud, por ejemplo, dijo que su diván "era una cosa muy pequeña: ¡¡todas sus teorías están basadas en el análisis de gente  muy baja!!" Ducho en manejar frustraciones, su colección nunca incluyó el retrato del joven argentino (¿habrá sabido ese luego ex-joven que su estampa triste llegaría a convertirse en una estampilla de Alemania?), pero no se molestaba, con toda su familia muerta en Auschwitz prefería reírse de la locura humana y la suya propia: "Soy guionista,...bueno, nadie es perfecto".

Tender is the Wildest Wilder

sábado, diciembre 17, 2011

¡Ahora sabemos de dónde sacó Martín Caparrós su bigote! Na, sou estaba brincando, pero muchos le debemos cosas no capilares a Arthur Conan Doyle: la mayoría, entretenimiento. Buen hijo de una época e imperio que priorizaba más bien el "esclarecimiento", sufría con ganas el tener éxito por el relato de las aventuras de ese Don Quijote ya no infatuado por las lecturas, sino por la deducción; e igualmente lleno de ganas de "desfazer entuertos" en esa planicie castellana con niebla y castillos falsamente góticos llamada Inglaterra. No, él hubiera querido que la Reina lo felicitara por sus novelas históricas, pero Dickens (más Wilkie Collins) ya había plantado la cizaña feliz de la adicción a las peripecias de huérfanos, desheredados, novias y abogados y –si se trataba de complicarse la vida disfrutando las ambiguedades y sutilezas de la sensibilidad y guerra de trincheras a bayonetazos de hipocrecía en los campos de la socialité-, Henry James era el caballo al que apostar en tal carrera, precisamente por tener sus extremidades tan largas hechas unos ovillos del infierno que le permitían rodar a la meta enloqueciendo al lector con acrobacias del punto de vista. Así las cosas, Arthur estaría felizmente contento de saber que lo que él llegó a detestar ha sido tan fértil que sobrevive y se expande como enredadera que va por su segundo siglo. Y, desde Umberto Eco a Pablo de Santis, cientos de escritores dedican sus afanes a hacer covers literarios de aquel subgénero que creó: mente contra cosmos, valor racional contra todas las armas del crimen. Visto así, no tenemos más que celebrar la enésima resurreción de Sherlock, esta vez en la segunda temporada de la más reciente encarnación propuesta por la BBC, con Benedict Cumberbach haciendo del detective que suscribiría 100 por ciento esta paráfrasis de la frase de Leonardo, "el crimen es una cosa mental", y su ladero, Martin Freeman: quien –a un siglo de distancia del Watson original– sigue siendo un veterano de la guerra de Afganistán (lo cual dice algo no muy agradable de la vocación bélica, y capacidad de aprendizaje de los políticos rulbritanos). Pero, bue, una cosa por otra: a disfrutar.


El Sherclock marca medianoche

viernes, diciembre 16, 2011



Si Magritte no hubiera tenido éxito...

No es lo mismo encima que ensima